Tomaso Hernández, el artista de La Fuente Santa

Tomaso Hernández, responsable de la integración paisajística de la Fuente Santa.
Tomaso Hernández, responsable de la integración paisajística de La Fuente Santa.

La secular búsqueda de La Fuente Santa ha sido rematada por la mano de un artista palmero, Tomaso Hernández, que ha devuelto todo el encanto a la zona donde se haya la galería que alumbró estas aguas prodigiosas en la playa fuencalentera de Echentive. Casi tan importante como su talento profesional, ha sido su sensibilidad al acometer la labor, basada en dos premisas fundamentales: “trabajar con cariño y muchísimo respeto hacia La Fuente Santa porque es un tesoro histórico y natural de la Isla”. Algo que su equipo asumió desde el primer momento.

Su labor era la de integrar la obra en el paisaje, pero “hubo casi que traer de nuevo el paisaje allí porque era muy evidente lo que se había hecho”. Previamente, Tomaso se había empapado de la historia del manantial, pero fueron capitales también “unas sesiones que nunca olvidaré, a las seis de la tarde, cuando los trabajadores se iban, y me quedaba por algunos rincones de Fuencaliente, perdiéndome en el paisaje para encontrarlo”. El resultado ahora se puede admirar porque aquel “búnquer de hormigón” que era la galería, ha desaparecido para cobrar sentido la fábrica dentro del entorno en el que se halla.

El cariño y el respeto, en definitiva, el amor por las cosas bien hechas, se juega mucho en los detalles. Y así recuerda cómo “iba trayendo las piedras, tono a tono, pincelada a pincelada,  integrando”. Hasta el punto de que algunos amigos le comentaban que parecía que pintaba, mientras movía piedras o hacía bailar una pala para que diseminara el granzón sobre el terreno. “La naturaleza es una sucesión de detalles y así se configuran las cosas que perduran”. Tal fue la conjunción que alcanzó con el paisaje que confiesa que “hubo días en que no me quería ir de allí, aunque supiera que a la jornada siguiente estaría otra vez”.

El proceso fue integrar el edificio, tratando de que “desapareciese y que no fuera tan violento”, y la reorganización del espacio exterior, una tarea compleja, en la que movieron piedras de gran tamaño. Luego intervino en la entrada del pequeño centro de visitantes, donde consiguió el efecto de reproducir las texturas del volcán.

“El paisaje volcánico tiene una base negra, pero sobre ella hay matices: tierra – sombra, rojo inglés y algunos ocres”, comenta al referirse a la paleta de colores que empleó en el interior del edificio. Así logró transformar esta puerta de acceso a la galería en una “burbuja” volcánica.  Recuerda también como un momento especial la recuperación de la vegetación de la zona, que básicamente eran vinagreras y algunos otros arbustos.

Esas dos claves desde la que trabajó Tomaso Hernández, el cariño y el respeto, que contagió a sus trabajadores probablemente como reflejo de su faceta como profesor de la Escuela de Bellas Artes,  considera que son necesarias para el futuro de La Fuente Santa. “Todo lo que se salga del cariño y el respeto a La Fuente Santa la va a perjudicar”.

Para este creador, su “utopía” pasa por unas islas ecológicas. “Imagínate que el mundo sepa que existen siete islas con buen clima, que el aire es limpio, con playas,  con naturaleza, que se autoabastecen con energías renovables, que la agricultura sea ecológica y, por tanto, se come sano. Este, y no otro, sería el verdadero futuro al que deberíamos aspirar para las Islas”.